
Carlo Scarpa, arquitecto del agua
Desde temprana edad, Carlo Scarpa, arquitecto veneciano, encontró inspiración en el encanto melódico del agua que fluía por las calles y canales de Venecia. Esta pasión por el paisaje y la espiritualidad se desarrolló con el tiempo, a través de lecturas, viajes y conexiones artísticas. Basando su enfoque en una cultura visual de excelencia y respeto por la tradición, Scarpa creó espacios arquitectónicos donde cada elemento interactuaba armoniosamente, como una sinfonía. Con sensibilidad y conocimiento, valoraba tanto la historia y la belleza existente como las nuevas aportaciones. La artesanía, la sofisticación de los espacios y estructuras, y sobre todo, la estrecha relación con el agua, siguen siendo elementos vivos en la ciudad de Venecia. La pasión de Scarpa por este elemento fue constante a lo largo de su vida y se reflejó en numerosos proyectos. Durante su conferencia en Mill Cypress en Madrid en 1978, Scarpa evocó: “A mí me gusta mucho el agua, quizás porque soy veneciano…” Scarpa utiliza el agua como aliada de la luz y el sonido, creando formas y efectos cautivadores. Su proyecto del patio del Palacio Central, conocido como el Jardín de los Sonidos o el Jardín de las Esculturas, es una sinfonía en la que cada elemento es estudiado minuciosamente para lograr un equilibrio armónico. El agua se convierte en un elemento sonoro que une fragmentos y crea un diálogo singular, generando una experiencia casi musical. A través de los detalles, Scarpa construye un espacio complejo y completo, embellecido por el agua, la luz y el sonido. Su diseño evita elementos superfluos o contradictorios, y solo puede ser comprendido plenamente a través del movimiento y la exploración. Uno de los fundamentos en la tradición arquitectónica de Carlo Scarpa era su admiración por la arquitectura japonesa, caracterizada por su delicadeza, su enfoque contemplativo y su estrecha relación con el agua. Otro referente importante en el panorama arquitectónico de esa época era, Frank Lloyd Wright. En su obra «El idioma de la arquitectura orgánica» (1978), ambos arquitectos buscaban descubrir lo que Wright llamaba el «alma gráfica de las cosas», el misterio oculto tras el complejo lenguaje